lunes, 22 de julio de 2019

UNA COLONIA CON SABOR A BARRIO


Fue durante los años 50’s cuando se empezaron a vender los lotes y las primeras casas de la colonia Independencia, en el extremo norte de la Calzada del mismo nombre, donde se asentaban las ultimas casas del barrio de El Retiro y de los Sectores Libertad e Hidalgo. Sus calles empedradas y llenas de agujeros y baches insinuaban que eran los límites de una ciudad que en esos años crecía hacia la Barranca de manera lenta pero constante.

Esa zona tenía fama de malos olores, provocados por las aguas negras que el rio de San Juan de Dios -antes de que lo entubaran- llevaba hacia el rio Santiago al fondo mismo de la Barranca de Huentitán, cuyas inundaciones provocadas por las intensas lluvias de verano permitían a los terrenos de cultivo aledaños conservar durante varios meses al año un ambiente semi lacustre, ideal para sembradíos de hortalizas de varios tipos de tubérculos, entre las que destacaban las jícamas.

Contrastaban en ese entorno, las calles del nuevo fraccionamiento, recién pavimentadas, con sus banquetas y calles perfectamente alineadas, con sus nuevos parques y jardines entreverados con andadores peatonales transversales a las calles que limitaban su continuidad y definían una cantidad importante de vialidades tranquilizadas con retornos en sus extremos.

Ese moderno ambiente, cuyo esquema urbanístico -llamado “ciudad-jardín”- lleno de áreas verdes y andadores- fue mi hogar y patio de juegos durante gran parte de mi infancia y adolescencia. La calle donde estaba mi casa era una privada que remataba hacia un gran andador y un parque lineal, con muchos árboles en su entorno, cuyos desniveles topográficos zonificaban las plazoletas colocadas frente a las fuentes que se adosaban a los muros de contención. Era el entorno ideal para jugar de cualquier chiquillo de mi edad.

Acudía por las mañanas a una cercana escuela primaria, y ansiaba diario que llegara la hora de salida y regresar a casa, cambiarme de ropa para no estropear mi uniforme escolar, comer, hacer mis deberes escolares para luego salir a jugar el resto de la tarde con mis amigos, casi todos ellos vecinos de mi cuadra.

Eran unas tardes de ensueño, donde lo más entretenido era jugar “cascaritas” de futbol en plena calle, que generalmente acababan con la compra de refrescos o paletas de hielo, pagadas por los perdedores. Otras veces, se pactaban partidos contra los integrantes del equipo de la otra calle, para lo cual usábamos una de las áreas verdes del parque lineal, que a nosotros nos parecía como jugar en el recientemente inaugurado Estadio Jalisco.

Algunas veces, por variar de deporte, con una simple soga amarrada entre las ramas de los árboles y con un ladrillo de barro rojo usado a manera de delineador, convertía nuestra calle en una cancha de volley ball. A medida que fuimos creciendo, algunas chicas de la cuadra se incorporaban a nuestros juegos. Y más cuando con el paso de los años, las odiadas niñas que siempre “estropeaban todo”, se convertían en lindas muchachitas que empezaban a hacernos sentir los primeros ensueños de noviazgos precoces.

También con las niñas o muchachitas jugábamos a “brincar la cuerda” con la misma soga que servía de red del volley ball, que dos muchachos hacían girar para saltarla a ritmos acompasados y que a medida que aceleraban su giro convertían en un castigo el brincarla a alta velocidad, a lo que llamábamos “darle mole”.

Ya cansados de tanto deporte, y cuando el sol ya estaba más allá del ocaso, nos sentábamos al filo de la banqueta para platicar, contar chistes, adivinanzas o historias de miedo o hasta para cantar. Recuerdo cuando ya siendo un adolescente, aprendí a tocar guitarra, y en esas tertulias cantaba las canciones de moda dedicadas a la chica que me hacía suspirar… Como aquella de Enrique Guzmán que decía: “Un ángel busco yo, con alma cándida, que me indique mi camino…”

En algunas otras tardes jugábamos a “los encantados” que consistía en correr para alcanzar a alguien y transmitirle el “encanto” que los dejaría convertidos en estatua de sal, mientras no llegara algún otro compañero a desencantarlo o hasta “congelarlos” a todos. Durante el juego, había un sitio predeterminado, que generalmente era algún árbol, que fungía como refugio donde no podían pasarte “el encanto”. Era comiquísimo después de la lluvia, sacudir las ramas del árbol para empapar de agua a los incautos inocentes que se refugiaban en él.

Otro juego que se ponía de moda en ciertas temporadas era “el Tacón”: para poder jugar este juego era necesario hacer cosas que actualmente casi ningún niño hace, una de ellas era salir de casa rondar por todos los terrenos baldíos para buscar hasta encontrar un zapato viejo que tuviera un tacón grande; había que desprenderlo del zapato y luego lavarlo muy bien. Ocasionalmente algún papá o algún tío tenían zapatos viejos por ahí y sin dar ninguna clase de aviso, le sacabas un zapato y hacías la misma operación que si te lo hubieras encontrado. Ya con tu tacón podías jugar.

Lo primero era hacer un círculo en la tierra, de aproximadamente dos metros de diámetro, esto lo definían los jugadores. Una vez realizado el circulo colocabas unas monedas cuya cantidad se acordaba previamente. Ya en el centro las monedas, tirabas con el tacón hasta sacarlas del circulo; la moneda que sacaras era tuya. En su mero apogeo de la temporada de este juego, era chistoso vernos a todos con los zapatos sin tacones.

El juego del Shangai -o también conocido como Changalai-, era uno de los juegos más populares entre niños y muchachos. Se necesitaban dos palos, uno de unos quince centímetros de largo, con los extremos afilados en punta, al que había que golpear con otro palo más largo. La forma de jugar era colocar el palo más corto acostado en el suelo, con una punta elevada apoyándose en cualquier objeto para luego, golpear a este en ese extremo haciéndolo elevar un tanto y tratando de golpearlo en el aire, lanzándola lo más lejos posible. Se repetían sucesivos golpes y el jugador marcaba la posición que había alcanzado o bien la medía con el palo largo, pasando el turno al siguiente jugador. Ganaba el juego el que conseguía llegar más lejos, pudiendo imponer al perdedor que le llevara a cuestas a la distancia que se determinara de antemano, o cualquier otro castigo pactado o algunas monedas para comprar alguna golosina.
Cuando había ocasiones que no se juntaban los compañeros de juego, entonces de manera solitaria o quizás con algún acompañante, daba rienda suelta a mi espíritu aventurero y solía irme de explorador o de cacería con la resortera o simplemente a atrapar animalillos como mariposas, insectos de diversa índole o según la época del año buscaba atrapar pájaros, peces, ranas y ajolotes en los arroyos que en esa época aun existían. Era evidente que a mi madre no le hacían mucha gracia que llevara a casa los ejemplares producto de mis cacerías.

Cada año se imponían las modas de temporada de diferentes juegos que eran los tradicionales y viejos “clásicos”: unas ocasiones era “el yo-yo”, otras “el balero”, o sino “el trompo”, pero definitivamente mi juego preferido era el de “las canicas”. Estos 4 entretenimientos tradicionales, tienen tanta variedad en sus formas de jugarlos que por eso nunca aburrían; siempre cada año, sin que nadie supiera por qué o por quien, de repente todos traían el que debería ser el juego de esa temporada en lo particular. Y esto se extendía a los patios de juego de las escuelas y en todo lugar donde se juntaba un grupo de chiquillos.

Lo mismo sucedía con la recolección y canje de estampas para llenar determinados álbumes. Estas imágenes impresas en estampas contenidas en sobrecitos se adquirían comprándolos en las ´tiendas de misceláneos” y otras veces a través de algunos productos de alimentos “chatarra”, o pastelillos y galletas. Era divertido y muy entretenido salir a canjearlos con todos aquellos compañeros de escuela o vecinos y amigos que generalmente coincidían en esa afición.

También el andar en bicicleta, o en patines de ruedas eran actividades constantes e infaltables. Salir a pasear a bordo de ellos a través de los andadores o las calles de la colonia aun ausentes del tráfico vehicular actual, era un verdadero gozo, pues se disfrutaba mucho desde lo más simple que era sentir el aire o las gotas de lluvia golpeando tu rostro, o tratar de hacer suertes mediante algunas piruetas para lucir tu destreza o jugar carreritas tratando ser el más veloz de todos.

Finalmente, de todas esas actividades, solo quedan ahora lo melancólicos recuerdos que reviven al visitar las mismas calles y lugares que servían de campos de juego. Es un poco triste saber que ya muy pocos de esos viejos compañeros siguen viviendo en sus mismas casas, la mayoría crecieron y se fueron a vivir a otros sitios, a otras ciudades o quizás a otros países. Lo más penoso es enterarnos que se han ido para siempre al lugar sin retorno. Lo hermoso es encontrarlos de nuevo para abrazarlos con mucho cariño y alegría, para luego preguntar por los demás camaradas y tratar de averiguar lo que ha sido de ellos. Se evocan bellos momentos y afloran sentimientos de nostalgia.

Ya esos lugares no están iguales. Las casas son las mismas, pero ya lucen más viejas o quizás a pesar de su edad, lucen renovadas por los trabajos de remodelación de los nuevos propietarios. Los árboles que entonces eran pequeños hoy lucen enormes e imponentes. Y tampoco se ven grupos de infantes o jóvenes en esas calles. Las familias crecieron y aquellos pequeñines dejaron de serlo. Por eso no hay que dejar que estos juegos y estos vividos momentos mueran en el olvido. Hay que evocar su recuerdo para que sigan viviendo en nuestros corazones. Como dice una de las frases que menciona algún personaje de la película COCO: “SOLO MUERE LO QUE SE OLVIDA”.

LA MUSICA COMO TRADICION EN MI FAMILIA


Mi abuelo Andrés, originario de la Hacienda de San Andrés, municipio de Magdalena -colindante al de Tequila- en el estado de Jalisco, era un hombre que nació con el siglo, pero no con tranvía y vino tinto como dice la canción, sino con mulas y tequila blanco. Corrían los primeros años del 1900. Su extracción campesina contrastaba con su oficio de filarmónico, que como tradición familiar le fue heredado de su padre quien le enseño a tocar el violonchelo que era el instrumento con el cual, junto con algunos primos y hermanos, tocaba interpretando valses, polkas y otras melodías de aquella época, amenizando tertulias, fiestas y otras reuniones sociales.

En esa época en el medio rural, poca oportunidad había de estudiar algún oficio, mucho menos alguna profesión; no había escuelas a excepción de las que las iglesias fomentaban, por lo que los padres tenían que convertirse también en instructores de sus hijos para enseñarles alguna forma de ganarse la vida.

Fue entonces, al inicio de los años 30, cuando mi padre Manuel, el primogénito de Andrés, tenía apenas 8 años  y -ante la falta de escuelas que escaseaban debido a la guerra cristera- repitió la tradición familiar de aprender el oficio de músico y a esa temprana edad empezó a acompañar a mi abuelo a las “tocadas” que le contrataban. Obviamente por su corta edad y gran talento, era un curioso atractivo para los que lo veían y escuchaban tocando el violín, que adoptó como su instrumento. Gracias a esa atracción se fue desarrollando en mi padre un enorme carisma y un gran gusto por la música que provocó a que el cura del pueblo de Magdalena -donde ya vivían- de apellido Cornejo, sugiriera a mi abuelo que emigrara a la ciudad de Guadalajara, a escasos 80 kilómetros de distancia, para que pusiera a Manuel a estudiar violín con algún maestro de música, pues ya había asimilado todas las enseñanzas que mi abuelo y el pueblo podían brindarle. Le hizo ver también ante la falta de otras oportunidades, trabajar en la música facilitaba a que las bebidas alcohólicas -tan prolíficas en ese ambiente-, echaban a perder a más de algún talento musical. Mi padre ya era todo un adolescente que cautivaba con su música y obviamente su futuro no era muy claro en ese entorno.

Corrían los años 30’s y la familia de mi padre crecía de conformidad a las costumbres de antaño pues se iba acrecentando con un hijo más cada 2 años en promedio, por lo que ya para entonces eran 6 los hijos de Andrés. En esas fechas sucedió que mi abuelo decidió emigrar con toda su familia obedeciendo al consejo del señor cura Cornejo y contando además con su apoyo pues mediante su recomendación hacia otro párroco de nombre Román Romo en el barrio de Santa Teresita en Guadalajara, fue entonces que cambiaron su pueblo para radicar en la capital del estado.

Iniciaron rentando una casa en el mero corazón del barrio, a 3 calles de distancia de la parroquia que aún era un templo pequeño. Sin embargo, el cambio de residencia les cayó como anillo al dedo. Los otros hijos de Andrés, que seguían a Manuel en edad, aprendieron -enseñados por mi abuelo- también a tocar otros instrumentos: Rafael, el contrabajo, Gabriel, el acordeón, y mientras agarraban las suficientes habilidades musicales, mi padre y mi abuelo empezaron a trabajar tocando en las orquestas tapatías de aquella época. Mi padre además inicio sus estudios más profundos de violín con un reconocido maestro llamado José Trinidad Tovar.

El ambiente en el barrio y en la familia de mi abuelo se engranaron. La jovialidad y alegría que caracterizaban a mi padre eran el principal incentivo para que sus padres y hermanos encontraran acogida entre los vecinos del barrio de Santa Teresita y demás asiduos asistentes de la parroquia. Hicieron una linda amistad con el señor cura Romo, así como con las principales familias que ya radicaban ahí: los Altamirano, dueños de la tienda de abarrotes más grande del lugar; del fotógrafo Liberato Pérez -y su mujer Carmen- quien tenía su  estudio frente a la parroquia; a un lado encontrabas a Elías Orozco y su peluquería anexa a su casa donde vivía con sus hermanas y padres; la familia Cárdenas y su panadería; Tampoco se eximieron las amistades con los personajes más cercanos al curato: el organista de la parroquia Lorenzo Ruvalcaba y su esposa Tere; y no podían faltar los De la Torre de la Torre: José Guadalupe -sacristán del templo- y su esposa Alejandra, oriundos del mismo rancho, Santa Ana de Guadalupe, del cual procedía el señor cura Romo; las maestras de la escuela parroquial donde destacaba la directora a quien llamaban la señorita Carlota; los encargados del movimiento de  la ACCIÓN CATÓLICA, así como Mariquita Romo, a quien le decían Quica, hermana del señor cura. Muchos de ellos, con el transcurso de los años, se hicieron compadres de mis papás y su amistad perduró hasta el final de sus vidas.

Era todo un conglomerado de diferentes gentes con quienes coincidieron en muchas cosas, principalmente en las tradiciones familiares que en esa época eran ser respetuosas de las normas de urbanidad, sociales y morales, gentes que practicaban algún oficio y montaban algún taller de servicios o alguna tienda de abarrotes o ropa, o farmacia o algo similar como fondas, cenadurías, peleterías, panaderías, etc.  pero no llegaban a ser en modo alguno profesionistas o gente con estudios universitarios. Todos eran gente sencilla, trabajadora, respetuosas y amables de las personas y con un alto grado de la amistad, con una religiosidad profunda, formadores de hijos a los que les daban estudio superando las épocas amargas de las guerras civiles como fueron la Revolución y la Cristiada, anhelantes de forjar un nuevo México, libre de derramamientos de sangre. Todos ellos luchaban por hacerse de un hogar, y no nada más de una casa sino de un sitio en donde sentirse seguros, donde pudieran llevarse bien con los vecinos, donde pudieran sentirse libres, de ejercer sus respectivos oficios o poner sus negocios sin el temor a ser arrasados por las turbas en guerra.

La mayoría de estas familias, traían en sus formas de trabajar los oficios aprendidos de sus padres; todas generaban una gran cantidad de hijos e hijas pues los programas de planificación familiar aun no existían, pero hablar de estos temas eran contrarios a los usos y buenas costumbres y además su uso era mal apreciado por las ideas religiosas.

En ese crisol es donde se fundieron muchas almas, se forjaron muchas solidas amistades y se entretejieron unas familias con otras a través de sus miembros, engendrando nuevos hijos e hijas quienes son actualmente distinguidos personajes de la sociedad tapatía, que hasta la fecha ostentan orgullosamente su amor a sus orígenes en este conocido barrio.

Era común compartir entre amigos y vecinos los festejos familiares como los cumpleaños con fiestas infantiles con piñatas, pastel y gelatina, donde mi padre acostumbraba a tomar la fotografía del festejado ataviado con su mejor atuendo al lado de esos iconos festivos en el estudio de su amigo y compadre, el fotógrafo Liberato. Las fiestas entre adultos se celebraban con alguna comida o cena con un exquisito pozole cuya gran olla apenas era suficiente para todos los invitados, que luego de cenar se dedicaban a practicar sus mejores pasos en los bailes familiares en las que el tocadiscos y los consabidos “negritos” (discos de acetato de 45 rpm) tocaban las canciones de la época. Los licores acostumbrados eran a base de Ron, Aguardiente o Tequila con su respectiva Coca Cola y hielo. Hay quienes preferían las cervezas.

En otro ámbito, la parroquia se encargaba de promocionar en sus espacios los festejos de las fiestas patronales, así como las diferentes etapas del calendario religioso: la cuaresma, la semana santa, la pascua, o en mayo con los rosarios donde los pequeños ofrecían flores a la Virgen María o en diciembre cuando en las navidades iban los niños vestidos de pastorcitos a cantar villancicos, esperando después del rosario romper la piñata o esperar una bolsa de dulces. 

En ocasiones se organizaba el festejo por el cumpleaños del señor cura Romo, o de algún otro sacerdote o seglar que formaban parte de las personas allegadas al curato, entonces surgían las invitaciones a tocarles música en vivo, algo que era poco usual. Es ahí donde la presencia de la música que interpretaban en vivo fue el medio donde mi abuelo, mi padre y sus 2 hermanos se dieron a conocer más profundamente entre las personas prominentes del barrio. Fue en este entorno, y teniendo a la música como principal aliada, que crecieron en lo personal y artísticamente. Pasaron varios años, la familia de Andrés se consolidó como una de las más conocidas en el barrio, los hijos mayores fueron poco a poco encontrando a sus parejas y empezaron a formar sus propias familias. Con el paso del tiempo, ya en el año 1954 y unidos a otros dos músicos amigos, dejaron de participar en otras orquestas, decidieron dejar descansar a mi abuelo y formaron su primer conjunto musical: LOS VIAJEROS… Y con ese nombre que fue profético iniciaron sus primeras salidas a trabajar fuera de Guadalajara, por ejemplo, a la ciudad de México y a Acapulco-la que empezaba a convertirse en un centro turístico de renombre mundial-.
 
Luego se contrataron en una de las tradicionales y legendarias CARAVANAS ARTÍSTICAS, en este caso la que lideraba el conocido ventrílocuo PACO MILLER. Con ellos realizaron sus primeras giras artísticas a otras ciudades al norte del país,   en los estados de Sinaloa, Sonora y Baja California. Duraron varios meses ausentes y regresaron con otro nombre artístico: LOS CABALLEROS DEL RITMO.

Ya para entonces, el tiempo y las tablas adquiridas en tantos y diversos escenarios había logrado que su calidad artística fuera excelente y sus interpretaciones eran todo un suceso. También a su regreso, se sumaron otros dos miembros más de la familia al conjunto artístico: Andrés Jr., con guitarra y José Luis, como violín segundo. Sin embargo, sufrieron el deceso de Leonardo Ortega, uno de los amigos, pero les quedó Salvador Torres, cuyos contactos y amistades lograron que al paso de los años obtuvieran contratos en la ciudad de México, de cine, radio, televisión y en centros nocturnos. A partir del año 1958 inicia una nueva aventura donde el grupo musical con sus nuevos integrantes se vuelve a cambiar de nombre, ya que siendo 5 hermanos y un amigo adoptan el nombre de los HERMANOS MIRANDA, y las buenas expectativas obligan a que la familia emigre a la ciudad de México… pero eso es ya otra historia.

miércoles, 19 de agosto de 2015

"SANTO QUE NO ES CONOCIDO, NO ES VENERADO''

o    Tras varios estudios médicos realizados en Aguascalientes, los diagnósticos coincidían en la sentencia de muerte. Susana padecía una leucemia aguda que devoraba su cuerpo a los dos y medio años de edad. El dolor, el cansancio y los hematomas (moretones) en sus piernas y brazos aparecían cada vez con más intensidad. La tragedia tenía devastada a la familia.

Que los hijos sepulten a los padres forma parte del ciclo natural de la vida. Que los padres sepulten a sus hijos es una pena que no tiene consuelo. Así explicaba la familia la angustia por la que atravesaba.


Aquella mañana de junio de 2008, Clementina abordaba el primer avión que la llevaría a Toronto. La enfermedad de su nieta Susana era el motivo del viaje.


“La familia no se resignó y trasladó a mi nieta al Hospital Infantil de Toronto para que le hicieran un protocolo nuevo. Yo iba en avión de Guadalajara a México para después volar a Canadá. Estaba destrozada. Cuando me subí al avión identifiqué mi lugar sin mirar los números de los asientos… me llamó la atención el color del pelo y el peinado de quien sería mi compañero de viaje. A los 15 minutos, él me empezó a interrogar porque me observó angustiada y le platiqué el caso de mi nieta. Conoció la historia y antes de que el piloto nos dijera que nos pusiéramos el cinturón para aterrizar, el señor se quitó una cadenita con una medalla y me la puso en la mano. ‘Es el padre Toribio Romo —me dijo—, es muy milagroso; récele para que se alivie su nieta’. Yo le pregunté si era sacerdote (quien me regalaba la medalla) y me respondió que sí, que también él era padre y que pediría por nosotros. Apenas tuve tiempo para despedirme y darle las gracias… ni pude ver la medalla”.


Clementina ingresó a la sala de vuelos internacionales, se sentó y comenzó a observar los detalles de la medalla. Sorpresa. Tenía el mismo rostro del acompañante del avión. 


“Por la noche llegué a Toronto, le conté la historia a mi hija María Isabel (madre de Susana) y le mostré la medalla, pero ella no abundó sobre el tema. Al día siguiente mi hija me habló mientras observaba la pantalla de una computadora: ‘Tu acompañante, el de la medalla, es un santo’”.


Clementina, temblorosa, miró la pantalla. No lo podía creer. “Mi acompañante y el de la medalla eran uno mismo: ¡Santo Toribio Romo!”.


María Isabel se colgó la medalla y se fue al hospital para estar presente en los estudios de Susana. El encuentro de la madre e hija fue indescriptible —relata la abuela— porque la niña se mostró interesada por el santo y hasta pidió visitarlo en su templo (en Santa Ana de Guadalupe, Jalostotitlán). Horas después la niña comenzó a brincar en la cama: “¡Me voy a aliviar mamá, me voy a aliviar!”. 


Susana ya no perdió la fuerza física desde ese día. Hoy tiene seis años de edad y está completamente sana. “¡Es un milagro de Santo Toribio Romo!”.


La última guerra


En 1926 se registró la ruptura entre el Estado y la Iglesia en México. El presidente Plutarco Elías Calles ordenó la clausura de escuelas religiosas y la expulsión de sacerdotes extranjeros; también limitaba el número de presbíteros a uno por cada seis mil habitantes, pero éstos debían estar registrados ante las autoridades municipales.


El decreto presidencial provocó que los obispos no tuvieran garantías para ejercer su ministerio y suspendieron los cultos en agosto de 1926. Esto detonó la inconformidad del pueblo religioso, especialmente en Jalisco, donde la gente optó por levantarse en armas para exigir este derecho.


El saldo fue de 250 mil muertos, revela el historiador Jean Meyer. 


“La cifra, declarada por el ex presidente Miguel de la Madrid al diario francés más prestigioso, Le Monde, incluye a los combatientes de ambos bandos y a los civiles”. También el ex presidente Emilio Portes Gil (sucesor de Calles) hablaba en sus memorias de tres mil muertos al mes en combate. “Si la guerra duró alrededor de 30 meses, eso daría 90 mil combatientes muertos por parte de los dos bandos, así como 160 mil civiles (personas inocentes)”.


Entre los muertos destaca el padre Toribio Romo.


La canonización 


En mayo de 2000, el Papa Juan Pablo II elevó a los altares a 25 nuevos santos (y mártires) de la Guerra Cristera (1926-1929), encabezados por Cristóbal Magallanes, que ocho años atrás habían sido beatificados en Roma.

La causa de la canonización se completó, de acuerdo con el Derecho Canónico, luego de confirmarse que intercedieron y salvaron milagrosamente (1995) a María del Carmen Pulido Cortés, quien padecía una enfermedad incurable: quistes en los senos. 

Toribio Romo es el más socorrido de los 25 mártires cristeros que hace 12 años canonizó el Papa Juan Pablo II. Miles de historias de fe, sanaciones y ''milagros'' se le atribuyen.

— ¿Por qué Santo Toribio Romo es el que tiene más relevancia entre los 25? Era el más joven cuando fue asesinado en Tequila, Jalisco— se le pregunta a Ramiro Valdés Sánchez, promotor de la causa de canonización.

— Los 25 mártires son ejemplo de virtud, santidad y martirio con testimonio de la fe. Ciertamente, Santo Toribio ha tenido una proyección más amplia por los favores que concede a los migrantes y personas enfermas; se le ha hecho más propaganda. Incluso tiene parroquias en Guadalajara (se añade una capilla en el Children’s Hospital, en San Fernando, California), pero lo importante es su testimonio de vida: murió en tiempos difíciles.


El padre Tomás de Híjar coincide que en el grupo de los 25 mártires sobresale Toribio Romo por tres factores que no concurren en los otros:


Primero, tuvo un hermano sacerdote que llegó a ser muy notable como pastor en la Arquidiócesis de Guadalajara, don Román Romo, fundador del barrio de Santa Tere y del templo. Su memoria se mantuvo viva en una base popular muy fuerte, que resurgió con la beatificación en 1992 y luego con la canonización en 2000. 


Segundo, por el gran entusiasmo de los responsables del templo de Santo Toribio en la población de Santa Ana de Guadalupe (donde nació en 1900), quienes han dado un seguimiento muy integral a su memoria histórica, a la fama de santidad y a la asistencia respetuosa de personas que visitan la zona. 


Tercero, el mismo santo ha estado muy activo y tiene favores considerados como milagrosos, lo cual alimenta un culto como el que se viene tributando últimamente.


Sin duda, resume, es el que ha recibido un tratamiento más integral en el manejo de su fama de santidad. Además, “Santo que no es conocido no es venerado”.


De Híjar apunta que su legado fundamental fue la fidelidad a su ministerio. “Lo vivió en situaciones muy difíciles, fue obediente para las situaciones adversas como las que vivió con los dos párrocos de Sayula y Yahualica”.


En las reflexiones finales del trabajo de investigación Santo Toribio, de mártir de Los Altos a Santo de los emigrantes, sus autores Renée de la Torre y Fernando Guzmán Mundo resumen otros factores de su exitosa proyección: “A pesar de que no entró por la puerta grande de la Iglesia, pues fue canonizado en grupo junto con otros 24, además de que su martirio causó polémica por no cumplir con todos los requisitos, encontramos distintos elementos que contribuyeron a su santificación popular: uno de los más significativos es que existen pocos santos cuyos parientes tuvieran la visión profética de llevarlo a los altares desde el momento de su muerte; el mantenimiento de sus reliquias; las historias milagrosas que desde su muerte empezaron a circular y a certificar la creencia de su santidad y del poder de sus reliquias; la existencia de una cultura regional que tomaba a Santo Toribio como modelo legitimador de la cultura alteña y, finalmente, las nuevas necesidades de los mexicanos que migran constantemente a los Estados Unidos, generaron la creencia de que es el santo patrón de los migrantes, creencia que fue promovida por la actividad mercadotécnica implementada por el párroco del santuario. Es santo porque tanto él como los alteños viven su propio martirio. Podemos concluir que es la creencia popular la que sigue rescribiendo la hagiografía viva de los santos”.


En el templo de Santa Ana de Guadalupe se encuentran los restos de Santo Toribio Romo, así como la ropa que llevaba puesta cuando fue asesinado. Las muestras de fe para el santo se demuestran en la visita de más de 50 mil personas en un solo día: el 25 de febrero de 2007, en el aniversario del venerado personaje.


15 mil visitantes a la semana


El promedio de visitas a la semana se registra en 15 mil en el pequeño templo, pero el próximo 12 de octubre se inaugura el nuevo inmueble para mil 200 personas sentadas, con espacios para tareas de evangelización, servicio y estacionamiento. Todo se construyó con donativos de fieles tras seis años de gestiones.


“Hay miles de testimonios de fe a favor de Santo Toribio —documenta el sacerdote Gabriel González Pérez, párroco del pequeño poblado de Santa Ana, que tiene menos de 400 habitantes—. Dentro de la vida de los santos, Dios también sabe elegir y decidir quién quiere que sea más conocido en el aspecto espiritual. Santo Toribio fue un hombre muy humano, por eso hay muchas manifestaciones de fe o apariciones (del santo), que son los testimonios que continuamente recibimos”.


En pleno apogeo de la Guerra Cristera, el joven Toribio Romo recibió la encomienda de la Parroquia de Tequila, una misión riesgosa porque el municipio era uno de los lugares con más persecución contra sacerdotes, subraya en su biografía la Arquidiócesis de Guadalajara. Pero no se intimidó y localizó una antigua fábrica de tequila abandonada para utilizarla como refugio y lugar para celebrar misas.


“Señor —oraba—, perdóname si soy atrevido, pero te ruego me concedas este favor: Te ruego me concedas morir sin dejar de decir misa ni un solo día”.


El futuro santo presentía su muerte. El 23 de febrero de 1928 prácticamente se despidió de su hermano Román, con quien celebró el Santo Sacrificio para después confesarse con él y pedirle su bendición. Antes de irse le entregó una carta con el encargo de que no la abriera sin orden expresa. Para el viernes siguiente, después de celebrar la misa, quiso poner todo al corriente. A las 4:00 de la mañana pensó celebrar la misa para luego acostarse, pero lo reconsideró y optó por dormir un rato más. Una hora más tarde, soldados federales y agraristas sitiaron el lugar. “Este es el cura, ¡Mátenlo! —ordenó uno de los integrantes de la tropa—”. Lo acribillaron.


Devoción de los migrantes


Jesús Buendía Gaytán, un campesino zacatecano de 45 años de edad, recuerda que hace dos décadas decidió irse de indocumentado a Estados Unidos para buscar empleo. Cuando cruzó la “línea” fue descubierto, con otro pequeño grupo, por la patrulla fronteriza y se internó en el desierto. Tras varios días vio una camioneta que se acercaba, de la que bajó un individuo de apariencia juvenil, delgado, tez blanca y ojos azules, quien le ofreció agua y alimentos. También le prestó unos dólares y, a manera de despedida, le dijo: “Cuando tengas dinero y trabajo búscame en Jalostotitlán. Pregunta por Toribio Romo”.


Luego de una temporada exitosa en California, Jesús regresó y quiso visitar a Toribio. Casi le da un infarto cuando vio la fotografía de Toribio en el altar mayor de la iglesia de Santa Ana.


“La anterior es una de miles de historias que convierten a Toribio Romo en el santo protector de los migrantes —detalla Juan Manuel Martínez Marrón, quien escribió una obra de teatro sobre la historia del santo—. Soy amigo de un sobrino-nieto de Santo Toribio, de nombre Omar, y su historia se platica mucho en su familia. Su hermano Román Romo (padre de Santa Teresita) fue uno de los grandes difusores de la vida e historia de Toribio, por eso junté muchas anécdotas y trabajo de campo para escribir la obra. La abuela de mi amigo platicaba mucho sobre la devoción de Toribio, y uno de los puntos dramáticos es una carta que le escribe Toribio a su hermano Román, en donde el santo prácticamente se despedía antes de ser asesinado. Allí pedía que cuidara a sus padres y familiares. Presentía su muerte”.


El padre Tomás de Híjar añade que los migrantes son parte importante en la celebridad del santo. “Sobre todo por una zona depauperada (la Región de Los Altos), donde muchos tienen lazos afectivos o vinculados con Estados Unidos. El santo mantiene una conexión con las raíces y los procesos tan violentos que sufren los migrantes”.


El contexto de esos hechos violentos se documenta en las matanzas de 265 indocumentados en San Fernando, Tamaulipas, quienes pretendían cruzar la frontera. En agosto de 2010 fueron asesinados 72 centroamericanos y sudamericanos por el Cártel de Los Zetas, y entre marzo y junio de 2011 se le atribuye a la misma banda la matanza de otros 193 mexicanos y un guatemalteco, encontrados en fosas clandestinas. En la segunda matanza, 90% de los mexicanos fue asesinado a golpes con mazos, marros u otros objetos porque se negaron a trabajar para la delincuencia.


“Vámonos al Norte”


Sobre el interés de migrantes, añade el padre Gabriel González Pérez, “me sorprende saber que Santo Toribio, cuando era seminarista, escribió una obra que se llamó ‘Vámonos al Norte (1920)’. Esto es impresionante porque desde que era joven se preocupaba por ellos y ahora los ayuda desde el cielo. Es el buen pastor”.


Hay varias historias que impactan al padre Gabriel, pero destaca dos. El primer testimonio involucra a dos hermanos de San Ignacio Cerro Gordo que se fueron a Estados Unidos. Sus papás visitaron el templo en Santa Ana para pedirle protección a Santo Toribio, “compraron un cuadro y lo pusieron en su casa. A los 15 días volvieron los muchachos y vieron la foto; ellos se abrazaron llorando porque el mismo personaje les dio dinero para que regresaran porque sería imposible cruzar la frontera. Su vida estaba en riesgo y Santo Toribio los alertó”.


El segundo testimonio: “Hace tiempo vino una persona de Aguascalientes, un domingo, y lloró mucho ante los restos del padre Toribio porque le hizo un milagro. Ella tenía un tumor y nadie se animaba a operarla porque era canceroso y estaba junto a las cuerdas vocales, pero en una ocasión el doctor se sintió tan seguro que aceptó intervenirla. La historia es que el día de la operación un sacerdote quería entrar al quirófano, pero le negaron el acceso. La enfermera avisó a los doctores ante la insistencia, pero le negaron el ingreso. Después, el doctor le preguntó a la paciente sobre el sacerdote que quería entrar y ella le respondió que se encomendó a Santo Toribio. Cuando la enfermera vio la fotografía del santo, confirmó que era el mismo que quería entrar.


“Esto lo platiqué en una ocasión como testimonio, y un señor puso mucha atención porque conocía al oncólogo que intervino a la paciente. El resumen es que ambos doctores vinieron a Santa Ana impactados por la historia. Todo indica que Toribio estuvo presente en la operación de esa señora”.


FERVOR POPULAR


Paisanos en Chicago


La comunidad de jaliscienses de Chicago y su zona conurbada, realiza hoy  una procesión con la imagen de Santo Toribio Romo dentro de los festejos de la Virgen del Carmen, como se ha realizado en años recientes en la localidad de Melrose.



Promesas y rezos


El templo de Santo Toribio Romo recibe hasta 15 milperegrinos en promedio cada semana en Santa Ana de Guadalupe, Jalostotitlán.


En el recinto se acondicionaron algunos cuartos para la colocación de testimonios escritos, en los que coinciden los “milagros” realizados por el santo.


Victoria Herrera de Carreón, Francisco Hernández Orozco, Daniela Martínez Cuéllar y José David Gómez forman parte de las cientos de historias que se exponen. Tras padecer diferentes tipos de cáncer y graves accidentes, los involucrados salieron con vida gracias a la intervención de Toribio Romo. También hay historias de migrantes que tuvieron éxito en Estados Unidos. Hasta jugadores exponen sus camisas porque el santo intervino para que llegaran a la primera división profesional.


 Historias de un culto y del manejo de su fama
o    Por: Mario Muñoz
GUADALAJARA, JALISCO (15/JUL/2012)

jueves, 13 de agosto de 2015

ORIGENES DEL BARRIO DE SANTA TERESITA

Entre 1930 y 1950, los migrantes campo-ciudad de la zona occidente del país, encontraron acomodo en los nuevos barrios que surgían en la tierra privada de la periferia de Guadalajara. Ahí, los empresarios urbanizadores podían hacer prácticamente lo que desearan: los reglamentos municipales eran mínimos. El crecimiento de la ciudad provocaba una fuerte  de trabajadores en la construcción; pero además proliferaban las pequeñas industrias y talleres –las cuales cobraron ímpetus aún mayores a partir de los años de la Segunda Guerra Mundial- y múltiples servicios eran requeridos. Esta bonanza económica ayudó a paliar el descontento de una población que había llegado a la urbe huyendo de la violencia de la Cristiada, de la represión persistente y de los enfrentamientos agrarios. Durante la década de 1930 se llevó a cabo la reforma agraria en el estado de Jalisco. El proceso fue violento y no exento de contradicciones.
El barrio de Santa Teresita nació en la década de 1920, en un amplio terreno agrícola situado al occidente de la ciudad de Guadalajara, no lejos de las nuevas áreas residenciales. Los dueños del terreno simplemente trazaron calles rudimentarias y procedieron a vender lotes, sin preocuparse por instalar servicios de agua o drenaje, ni por construír aceras; el tamaño de los lotes dependía de lo que podía pagar el comprador. La mayoría eran muy pequeños (entre 40 y 60 metros cuadrados), pero los migrantes mas ricos y algunos especuladores citadinos compraron espacios mas amplios para construir vecindades (casonas multifamiliares) y rentar cuartos a las familias mas pobres. Sin embargo, la llegada en 1933 de un sacerdote que traía la misión de fundar una parroquia y hacerse cargo de los fieles, marcó el comienzo de la consolidación del barrio.
El padre Román Romo era un personaje carismático y autoritario, emprendedor y agresivo, miembro de una familia alteña de ex cristeros (él mismo había sufrido cárcel y su hermano mayor, Toribio Romo, también sacerdote, fue asesinado por el ejército federal). Tras él fueron llegando otras familias, algunas de parientes y paisanos suyos, y la colonia se fue poblando alrededor de una capilla que servía como sede parroquial. Pronto el padre Romo fundó una rama local de la Acción Católica –una asociación laica dependiente de la parroquia- con secciones para hombres, mujeres, jóvenes y niños. Las familias de Santa Teresita eran inducidas a participar en las reuniones de Acción Católica y por tanto esta se convirtió, junto con las redes de parentesco, en un espacio social relevante. Fuera de estos dos espacios, en el mundo urbano de los migrantes presentaba una fuerte fragmentación. Por ejemplo, el ámbito de trabajo ofrecía empleos efímeros, en obras de albañilería o en empresas pequeñas de manufactura y servicios. Ninguno proporcionaba la oportunidad de crear vínculos horizontales con muchas otras personas. En cambio, el ámbito parroquial permitía –y lograba- una mayor escala y estabilidad en las relaciones sociales. Incluso las actividades recreativas –teatro, cine, kermeses, fiestas- giraban en torno a la parroquia. Por añadidura, no pocos jefes de familia consiguieron empleo por recomendación del párroco y sus parientes.
Las reuniones de Acción Católica fueron también el contexto donde se buscaron soluciones a la falta de servicios urbanos. El párroco instó a los feligreses a que cavaran un pozo de agua potable y construyeran letrinas debidamente controladas. Organizó colectas y brigadas de trabajo para empedrar las calles y recoger la basura. También con trabajo voluntario y limosnas fundó escuelas para niños y niñas, un “pre-seminario”, un centro social, un orfanato, un hospital, un dispensario, y emprendió además la construcción de un enorme edificio para la iglesia parroquial. Al frente de estos establecimientos se encontraban parientes y amigos cercanos del cura; algunos dedicaban tiempo exclusivo a las obras parroquiales, a menudo sin cobrar un solo centavo. Por último, de las filas de Acción Católica surgieron varios comités, presididos por el propio señor cura Romo, que negociaron repetidamente con el ayuntamiento la dotación de servicios públicos al barrio. También se encargaron de visitar periódicamente tanto a los antiguos propietarios del terreno donde se construyó Santa Teresita como a las familias más afortunadas del mismo barrio (los mayores tenderos y algunos fabricantes medianos) para solicitarles donativos destinados al beneficio público.
La Acción católica permitía la creación de vínculos con ciertas personas de posición social elevada    -que no vivían en Santa Teresita-. Que se convirtieron en benefactores del barrio; además de ayudar en los trámites de urbanización, donaban despensas y juguetes para los niños de las escuelas y contribuían a las obras materiales de la parroquia.
Después de 1950 se contó ya con pavimento, drenaje y agua domiciliaria. Se construyó el mercado municipal “Manuel Avila Camacho” en las calles Juan Álvarez y Andrés Terán. A partir de 1960, se instaló el servicio de electricidad y alumbrado público.
Desde entonces; Santa Teresita se encuentra plenamente integrada a la vida urbana de Guadalajara, convertida en una zona de comercio popular, y la población es ahora más heterogénea; pero el padre Romo continuó siendo la figura dominante en el barrio, hasta su muerte, ocurrida en 1981.
Cuando murió Tata Romo (como se le conocía en el barrio), las campanas doblaron 24 horas seguidas. Su cuerpo fue expuesto en una vitrina colocada en posición vertical junto al altar mayor y lo “visitaron” miles de personas. Sus admiradores lo consideran “un santo”, y cada año se conmemora solemnemente el aniversario de su fallecimiento.
A través de sus sermones, de sus artículos en el periódico parroquial –llamado “Lluvia de Rosas”-, de las obras de teatro que escribía y de su incansable contacto personal con las familias, el párroco transmitía un discurso de catolicismo integrista, unido a una ética de trabajo y cooperación. Fomentaba las prácticas religiosas (“devociones”) tradicionales –confesión, comunión, rezo del rosario, novenas, visitas al Santísimo…-donde se concedía especial importancia a las relación individual con Dios, la Virgen y los santos. En las escuelas parroquiales, la pereza y la falta de éxito eran severamente reprobadas y castigadas. De la feligresía en general se demandaba trabajo voluntario y continuo, y al mismo tiempo se repetía que la primera obligación era “sacar adelante a la familia”. De hecho, muchas de las personas cercanas al padre Romo prosperaron económicamente y sus hijos son ahora miembros de la clase media profesional. Por otro lado, aparecía en el discurso y en la práctica una hostilidad tanto hacia el Estado liberal y revolucionario, como hacia todo lo que se desviara de la ortodoxia y pureza de costumbres. No se toleraban las modas “provocativas”. Las escuelas parroquiales nunca buscaron el reconocimiento gubernamental, pues eso implicaba aceptar la influencia del laicismo oficial. En el currículum tenían gran relevancia las clases de religión e historia de la Iglesia católica; en la versión de la historia de México que enseñaba los héroes eran católicos ortodoxos, y los liberales y masones eran los villanos. Para el padre Romo, el héroe nacional más importante era Agustín de Iturbide, primer emperador de México, cuyo nombre se asignó a la escuela para niños y a una calle importante del barrio.
Los protestantes nunca pudieron entrar abiertamente al barrio; cuando los predicadores o propagandistas evangélicos osaban presentarse, el sacristán, en bicicleta y tocando una campana, convocaba a los muchachos para que los expulsaran a pedradas. Sufrían iguales ataques quienes intentaban abrir cantinas o bares de prostitutas, e incluso la policía tuvo que contar con el beneplácito del párroco.
En materia de política formal, los feligreses de Santa Teresita simpatizaban con los partidos conservadores, particularmente el Partido de Acción Nacional (PAN). Que siempre obtenía el mayor número de votos vecinales. El Partido Sinarquista. Aún más inclinado a la derecha, también obtenía votos en el barrio; de aquí salió el único candidato de este partido que compitiera por la gubernatura del estado en 1964. No obstante, en la vida cotidiana el rechazo al gobierno era algo abstracto y banal. El padre Romo no hablaba de política en el púlpito, pues el cardenal arzobispo de Guadalajara lo tenía prohibido: además era obvio que el ayuntamiento priísta había ido respondiendo favorablemente a las demandas de servicios urbanos y que el propio señor cura Romo tenía amigos en la administración municipal. La única manifestación antigubernamental violenta ocurrió en 1961, cuando Santa Teresita se convirtió en uno delos ejes de la protesta contra la imposición de libros de texto oficiales en las escuelas primarias. Pero la beligerancia duró poco, gracias a la intervención apaciguadora del propio cardenal arzobispo.
En los últimos 15 años de vida del padre Romo, disminuyó el control parroquial sobre el territorio del barrio. Tanto él como sus principales colaboradores habían envejecido y las siguientes generaciones se dispersaron por toda la ciudad. Se derribaron las vecindades, se construyeron edificios comerciales, se abrieron escuelas de gobierno, brotaron negocios de todo tipo –incluso cantinas-. La gente ya no iba al hospital parroquial sino a clínicas gubernamentales. Apareció mucha gente nueva, incluso ateos y protestantes. Actualmente los grupos de Acción Católica continúan siendo fuertes, pero su influjo ha quedado virtualmente reducido al ámbito de las prácticas religiosas.

                         Extraído del libro:
 "Religión y política en los barrios populares de Guadalajara"
Autores: Guillermo de la Peña y Reneé de la Torre





¿RECUERDAS CUYUTLÁN?...



¿RECUERDAS CUYUTLÁN, JÓSE, MI AMADA?
BELLO LUGAR QUE VIERON NUESTROS OJOS
DONDE VIUDA AL CASARNOS TE DEJABA.

¡QUÉ PUNTADA, MI BIEN, LA DE TU ESPOSO!
AL PONERSE A CRUZAR LA OLA VERDE
MIENTRAS QUE TU MI AMOR, ESTABAS EN REPOSO.

MIS PADRES ERAN LOS ÚNICOS TESTIGOS
DEL MOMENTO FATAL QUE PRESENCIABAN
QUE SE AHOGABA TU ESPOSO MANUEL SIN UN AMIGO.

EL DOCE APENAS HABIÁMONOS CASADO
CIHUATLÁN, CUARENTA Y NUEVE, FUE EN DICIEMBRE
CUANDO EN MISA DE OCHO FUE EFECTUADO.

NOCHE DEL DOCE, EN MANZANILLO DESCANSAMOS
MADRUGADA DEL TRECE A CUYUTLÁN LLEGAMOS
FECHA CATORCE EN GUADALAJARA CELEBRAMOS.

CUATRO NOCHES DE HUÉSPEDES PASAMOS
CON MIS PADRES Y TODA LA FAMILIA
EL DIECIOCHO A NUESTRO HOGAR NOS TRASLADAMOS.

JUAN ALVAREZ, CERQUITA DEL SANTUARIO
DE GUADALUPE, LA VIRGEN QUE NOS CUIDA,
FUE NUESTRO NIDO DE AMOR, NUESTRO SAGRARIO.

CALLE CUARENTA Y NUEVE DE REFORMA
FUE EL SEGUNDO LUGAR DE RESIDENCIA
DE CHEPINA Y MANUEL, NO SE CONFORMAN.

PORQUE DESPUES EN PLENO TIEMPO DE AGUAS
NOS AHOGABAMOS LOS DOS EN NUESTRA CASA
CUANDO A VISITA MIS PADRES NOS LLEGABAN.

NOS CAMBIAMOS DE ALLI PARA OTRO BARRIO,
TERESITA LLAMO A ESTOS DOS PICHONES
Y EN SARCÓFAGO FUE EL TERCER SANTUARIO.

AHÍ NACIÓ EL PRIMER FRUTO, QUE ENLUTARA
A 24 HORAS DE NACER, NUESTRA EXISTENCIA
¡Y QUE UN AMARGO DOLOR NOS EMBARGARA!

FUE EL CINCUENTA Y EN EL SIGUIENTE AÑO
NOS NACIÓ OTRA NIÑITA… ¡QUÉ INFORTUNIO!
¡A LOS TRES DIAS NOS DEJO EN EL MES DE JUNIO!

CINCUENTA Y DOS LLEGÓ, AHORA VIVÍAMOS
EN JUAN ÁLVAREZ, ENFRENTE DE MIS PADRES
JOSÉ LUIS NACIÓ, NOS DESVIVÍAMOS.


MANUEL MIRANDA